domingo, octubre 28, 2007

miércoles, octubre 24, 2007

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MIRAR




Yo creía que el mirar era simplemente abrir los ojos y recibir imágenes. Con el paso del tiempo descubrí que no había mirado nunca hasta que no lo hice en silencio con una compañía al lado a quien dejarle la mano o la palabra como una caricia. Eso hace que lo que se ve se empape de amor o de amistad y deje en lo más profundo la sensación de placer y plenitud. Me acuerdo de cuadros, plazas o ciudades brillando todavía con los ojos a cuyo lado los miré una vez. Pero, sobre todo, aprendí a mirar paisajes en el mar y la montaña. Los largas miradas acompañado por el Paseo Marítimo de Málaga o los silenciosos intervalos de tiempo interminable en las alturas de la Sierra de Guadarrama sobre El Escorial, me hicieron un adicto a los paisajes, especialmente a las amanecidas.

Varias se me han quedado grabadas profundamente como una sensación sin precedentes en el núcleo más duro de mi capacidad de sentimiento. Todas ellas fueron precedidas de una búsqueda: un caminar aún nocturno y laborioso hasta la cumbre y una espera: la lenta gradación del paso de la sombra hasta la luz sobre el giro inexorable de la tierra contra el tiempo y el espacio. Mirar ese tránsito fue siempre, mientras lo hice solo, entender la certeza inexplicable de una firmeza sobre la propia fragilidad; y, cuando pude hacerlo acompañado, palpar la dulce convergencia de la mirada y el cuerpo sobre el mismo instante en que nos habla el tiempo.

Con esa sensación evoco ahora la ingenua mirada que plasmé en un ingenuo poema de hace quince años:


MIRANDO EN COMPAÑIA


Trepó la paz de verde a mi costado
y subió despacito hasta mi frente.
Me abracé al verde de mi paz, callado,
y me dejé anegar en su corriente.


Pensé: ¿por qué un paisaje
puede ser la caricia que soñaba?
¿Por qué la ola de un monte hace que baje
la brisa que me besa y no se acaba?


Entonces descubrí que no era brisa,
no eran prados; y el mar en la distancia
no era mar: era huella, leve y concisa
de personas que pasan por la estancia


inmensa del paisaje posando su mirada,
dejando sus suspiros como flores
de un paisaje mejor. Dejé prendada
en las personas mi alma y mis amores


y de nuevo pensé: "miremos juntos,
soñemos juntos, juntos añoremos
el mundo que miramos. Sólo juntos
haremos ese mundo que queremos".




o, mucho más tarde:


Cierro los ojos. Sólo un árbol.
El fondo azul, montañas, nubes, pájaros.
En ellos mi mirada enardecida,
tan dulcemente equivocada y sola,
crea el ámbito excelso de tu forma.
Un viento inexistente te me trae:
que no falte tu voz en este cuadro.



Pero mirar no se agota sólo en cuadros, fotos o paisajes. Además están los cuerpos. Sobre todo los cuerpos deseados. De la mirada implacable sobre ellos es probable que no haya posibilidad de hablar sin hacer sentir previamente ese deseo con el que se mira. Se puede mirar, y así lo hacemos cuando nos lo proponemos, una escultura, un cuadro o la gente que pasa a nuestro alrededor.

Pero nada comparable a mirar cuando alguien nos dice: “Mira”. Supla aquí el silencio pudoroso todo lo que a la impotente palabra se le escapa. Si acaso este tímido poema:


Hay ojos al final de nuestro cuerpo
como hay cuerpo al final de nuestra mente.
Por eso el todo que ahora somos
se vuelca en la mirada
para decir, buscar, hallar sentir.
A distancias que ahogan los abrazos
la imagen acunada en la retina
es la única forma de llenar
el hueco incandescente del deseo.



Ybris

viernes, octubre 19, 2007