domingo, enero 27, 2008

Me niego a ponerme título






Este es uno de esos momentos en que mi alma, mi espíritu - o como se llame esa cosa que no se como llamar-, se olvida del encierro de un cuerpo físico, de las barreras que me impongo aunque no quiera y sale, inconteniblemente se me sale, o mejor: me salgo.

Me salgo de la sal. Es algo. Sal (me digo).

Salgo de la sal porque estoy llorando. Más que algo. Entonces siento la certeza de una cierta tristeza...todas las lágrimas saben igual, las lágrimas de todas las mujeres, de todos los hombres, de todos los niños, de todos los ancianos; las lágrimas de los ricos y de los pobres, de los felices y de los infelices, las lágrimas de los sanos y las lágrimas de los enfermos. Todas saben igual.

¿Por qué saben igual?
Igual saben porqué.
Y no me importa si en esta situación se escribe “por qué” o “porqué”; sinceramente no me importa.

Momento como el que describo, momento en el cual me describo y me escribo, así, tal cual, mientras cada una de mis lágrimas me marca el sendero que debo recorrer para llegar junto a vosotros. Destino de los iguales.



Lo mismo ocurre con la risa.
En ambos casos hay que desenjaularse.
Por favor, decidme si me equivoco.

miércoles, enero 16, 2008

Dime, Oliverio...

NO SE ME IMPORTA UN PITO...



No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.













Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.



OLIVERIO GIRONDO

domingo, enero 13, 2008

Del agua y del fuego.







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Dr. Jekyll Y Mr. Hyde. R. L. Stevenson / 1886/ TERROR / Gran Bretaña

Jekyll descubre una droga que desdobla la personalidad. Cuando la toma, se convierte en el malvado y repulsivo Mr. Hyde.

ALFONSO BASALLO


Es casi imposible leer esta novela sin estremecerse. A pocos textos del XIX —el siglo de los Prometeos redivivos, los catatónicos hipersensibles de Edgar Allan y los febriles moradores de la noche—, se les puede aplicar con más propiedad la etiqueta de obra de terror. Porque no es un miedo externo y poco verosímil sino un terror alojado en el centro de nuestro ser. Jekyll libra una lucha eterna. Escandalizado, como Frankestein y Buda, por la presencia del mal no sólo en el mundo, sino también en su propia carne, concibe el romántico sueño de separar el trigo de la cizaña. Así, «el injusto seguiría su camino, libre de las aspiraciones y remordimientos de su inflexible hermano gemelo y el justo podría caminar, practicando el bien, sin estar dispuesto al deshonor por culpa de unos malos instintos que no eran los suyos». Y él mismo se convierte en cobaya del experimento. Pero la parte salvaje y brutal del atormentado centauro le gana terreno poco a poco a la personalidad noble. Muchos e importantes temas deja apuntados Stevenson: la libertad, el determinismo, la droga como liberadora del instinto, la esquizofrenia del hombre contemporáneo, y —como no podía ser menos en un autor romántico— el fracaso de la ciencia en su insensata pretensión por construir un mundo inmaculado. Con Jekyll, el hombre al que los nativos de los Mares del Sur llamaban «Tusitala» («El que cuenta historias») consiguió su relato más cautivador; y el viajero avezado e infatigable hizo el periplo más difícil... por las brumosas costas de la conciencia.