viernes, octubre 15, 2010

Walt Whitman







... Estoy enamorado de cuánto crece al aire libre,
de los hombres que viven entre el ganado,
o de los que paladean el bosque o el océano,
de los constructores de barcos y de los timoneles,
de los hacheros y de los jinetes,
podría comer y dormir con ellos semana tras semana.

Lo más común, vulgar, próximo y simple,
eso soy Yo,
Yo, buscando mi oportunidad, brindándome
para recibir amplia recompensa,
engalanándome para entregar mi ser
al primero que haya de tomarlo,
sin pedir al cielo que descienda cuando yo lo deseo,
esparciéndolo libremente para siempre.



...Estos son en verdad los pensamientos
de todos los hombres en todas las
épocas y naciones, no son originales míos,
si no son tuyos tanto como míos,
nada o casi nada son,
si no son el enigma y la solución del enigma,
nada son.

Esta es la hierba que crece
dondequiera que haya tierra y agua,
este es el aire común que baña el globo.


...Con estrépitos de músicas vengo,
con cornetas y tambores.
Mis marchas no suenan solo para los victoriosos,
sino para los derrotados y los muertos también.
Todos dicen: es glorioso ganar una batalla.
Pues yo digo que es tan glorioso perderla.
¡Las batallas se pierden con el mismo espíritu que se ganan!
¡Hurra por los muertos!
Dejadme soplar en las trompas, recio y alegre, por ellos.
¡Hurra por los que cayeron,
por los barcos que se hundieron el la mar,
y por los que perecieron ahogados!
¡Hurra por los generales que perdieron el combate y por todos los héroes
vencidos!
Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes mas
grandes de la Historia.



...¿Quién va allí?
Grosero, hambriento, místico, desnudo... ¡quién es aquél?
¿No es extraño que yo saque mis fuerzas de la carne del buey?
Pero ¿qué es el hombre en realidad?
¿Qué soy yo?
¿Qué eres tú?

Cuanto yo señale como mío,
Debes tú señalarlo como tuyo,
Porque si no pierdes el tiempo escuchando mis palabras.
Cuando el tiempo pasa vacío y la tierra no es mas que cieno y
podredumbre,
no me puedo para a llorar.
Los gemidos y las plegarias adobadas con polvo para los inválidos;
y la conformidad para los parientes lejanos.
Yo no me someto.
Dentro y fuera de mi casa me pongo el sombrero como de da la gana.

¿Por qué he de rezar?
¿Por qué he de inclinarme y suplicar?

Después de escudriñar en los estratos,
después de consultar a los sabios,
de analizar y precisar
y de calcular atentamente,
he visto que lo mejor de mi ser está agarrado de mis huesos.

Soy fuerte y sano.
Por mi fluyen sin cesar todas las cosas del universo.
Todo se ha escrito para mi.
y yo tengo que descifrar el significado oculto de las escrituras.

Soy inmortal.
Sé que la órbita que escribo no puede medirse con el compás de un
carpintero,
y que no desapareceré como el círculo de fuego que traza un niño en la
noche con un carbón encendido.
Soy sagrado.
Y no torturo mi espíritu ni para defenderme ni para que me comprendan.
Las leyes elementales no piden perdón.
(Y, después de todo, no soy mas orgulloso que los cimientos desde los
cuales se levanta mi casa.)

Así como soy existo. ¡Miradme!
Esto es bastante.
Si nadie me ve, no me importa,
y si todos me ven, no me importa tampoco.
Un mundo me ve,
el mas grande de todos los mundos: Yo.
Si llego a mi destino ahora mismo,
lo aceptaré con alegría,
y si no llego hasta que transcurran diez millones de siglos, esperaré...
esperaré alegremente también.
Mi pie está empotrado y enraizado sobre granito
y me río de lo que tu llamas disolución
por que conozco la amplitud del tiempo...


Versión de León Felipe

martes, octubre 12, 2010

De Ybris

Paso otra vez


Cuando mi contador de otoños anda cerca de marcar otro número, diversas circunstancias hacen aconsejable que deje aquí tres huellas de mi no ausencia:


a) Un enorme agradecimiento a los muchos que he leído y que me han inspirado para seguir escribiendo en silencio. A algunos les he comentado y a otros no. A estos últimos les dejo aquí una mención especial.


b) Gracias al, por mi parte inmerecido, interés de Arca, ha aparecido en la revista en Red e impresa, The Lunes, un relato mío, que algunos ya conocen de estas páginas, con el título El soñador. Lejos de mí (no me gusta promocionarme, y menos con relatos largos a los que sólo se puede votar tras registrarse) el pedir lectores, pero me siento obligado a mencionar en justicia esta revista porque me consta el esfuerzo y la dedicación con que ha llegado por fin a hacerse realidad.


y c) El día 18 de setiembre nos juntamos en Alcalá de Henares un nutrido grupo de participantes en el III Encuentro de poesía en red bajo la impecable organización de Jesús Arroyo y Enrique Sabaté. Tuve breve ocasión de volver a ver a algunos conocidos, de conocer a otros muchos nuevos y de echar de menos a cinco que no pudieron asistir. El más breve de los poemas que leí fue éste:


El mar se esconde en huecos de silencio.
Sólo la caracola los conoce.
Llevo toda mi vida buscando caracolas:
Las ganas de escuchar nunca las pierdo.


Y el más breve de los que no leí y debiera haber leído en reconocimiento y cariño a quien tan bien me acompañó entonces y tan bien me acompaña siempre es éste:


Hilaría poemas en tu cuerpo
golpe a golpe de sílabas y versos
tejidos como urdimbre de unos sueños:
los tuyos enlazados a los míos.

Ybris

-

Muchas gracias, Ybris.

jueves, septiembre 30, 2010

Cortazar





Has visto
verdaderamente has visto
la nieve los astros los pasos afelpados de la brisa
Has tocado
de verdad has tocado
...el plato el pan la cara de esa mujer que tanto amàs
Has vivido
como un golpe en la frente
el instante el jadeo la caìda la fuga
Has sabido
con cada poro de la piel sabido
que tus ojos tus manos tu sexo tu blando corazòn
habìa que tirarloshabìa que llorarlos
habìa que inventarlos otra vez.


Cortazar.

viernes, septiembre 24, 2010

El cohete





El cohete

Ray Bradbury


Fiorello Bodoni se despertaba de noche y oía los cohetes que pasaban suspirando por el cielo oscuro. Se levantaba y salía de puntillas al aire de la noche. Durante unos instantes no sentiría los olores a comida vieja de la casita junto al río. Durante un silencioso instante dejaría que su corazón subiera hacia el espacio, siguiendo a los cohetes.

Ahora, esta noche, de pie y semidesnudo en la oscuridad, observaba las fuentes de fuego que murmuraban en el aire. ¡Los cohetes en sus largos y veloces viajes a Marte, Saturno y Venus!

-Bueno, bueno, Bodoni.

Bodoni dio un salto.

En un cajón, junto a la orilla del silencioso río, estaba sentado un viejo que también observaba los cohetes en la medianoche tranquila.

-Oh, eres tú, Bramante.

-¿Sales todas las noches, Bodoni?

-Sólo a tomar aire.

-¿Sí? Yo prefiero mirar los cohetes -dijo el viejo Bramante-. Yo era aún un niño cuando empezaron a volar. Hace ochenta años. Y nunca he estado todavía en uno.

-Yo haré un viaje uno de estos días.

-No seas tonto -dijo Bramante-. No lo harás. Este mundo es para la gente rica. -El viejo sacudió su cabeza gris, recordando-. Cuando yo era joven alguien escribió unos carteles, con letras de fuego: El mundo del futuro. Ciencia, confort y novedades para todos. ¡Ja! Ochenta años. El futuro ha llegado. ¿Volamos en cohetes? No. Vivimos en chozas como nuestros padres.

-Quizá mis hijos -dijo Bodoni.

-¡Ni siquiera los hijos de tus hijos! -gritó el hombre viejo-. ¡Sólo los ricos tienen sueños y cohetes!

Bodoni titubeó.

-Bramante, he ahorrado tres mil dólares. Tardé seis años en juntarlos. Para mi taller, para invertirlos en maquinaria. Pero desde hace un mes me despierto todas las noches. Oigo los cohetes. Pienso. Y esta noche, al fin, me he decidido. ¡Uno de nosotros irá a Marte!

Los ojos de Bodoni eran brillantes y oscuros.

-Idiota -exclamó Bramante-. ¿A quién elegirás? ¿Quién irá en el cohete? Si vas tú, tu mujer te odiará, toda la vida. Habrás sido para ella, en el espacio, casi como un dios. ¿Y cada vez que en el futuro le hables de tu asombroso viaje no se sentirá roída por la amargura?

-No, no.

-¡Sí! ¿Y tus hijos? ¿No se pasarán la vida pensando en el padre que voló hasta Marte mientras ellos se quedaban aquí? Qué obsesión insensata tendrán toda su vida. No pensarán sino en cohetes. Nunca dormirán. Enfermarán de deseo. Lo mismo que tú ahora. No podrán vivir sin ese viaje. No les despiertes ese sueño, Bodoni. Déjalos seguir así, contentos con su pobreza. Dirígeles los ojos hacia sus manos, y tu chatarra, no hacia las estrellas...

-Pero...

-Supón que vaya tu mujer. ¿Cómo te sentirás, sabiendo que ella ha visto y tú no? No podrás ni mirarla. Desearás tirarla al río. No, Bodoni, cómprate una nueva demoledora, bien la necesitas, y aparta esos sueños, hazlos pedazos.

El viejo calló, con los ojos clavados en el río. Las imágenes de los cohetes atravesaban el cielo, reflejadas en el agua.

-Buenas noches -dijo Bodoni.

-Que duermas bien -dijo el otro.

Cuando la tostada saltó de su caja de plata, Bodoni casi dio un grito. No había dormido en toda la noche. Entre sus nerviosos niños, junto a su montañosa mujer, Bodoni había dado vueltas y vueltas mirando el vacío. Bramante tenía razón. Era mejor invertir el dinero. ¿Para qué guardarlo si sólo un miembro de la familia podría viajar en el cohete? Los otros se sentirían burlados.

-Fiorello, come tu tostada -dijo María, su mujer.

-Tengo la garganta reseca -dijo Bodoni.

Los niños entraron corriendo. Los tres muchachos se disputaban un cohete de juguete; las dos niñas traían unas muñecas que representaban a los habitantes de Marte, Venus y Neptuno: maniquíes verdes con tres ojos amarillos y manos de seis dedos.

-¡Vi el cohete de Venus! -gritó Paolo.

-Remontó así, ¡chiii! -silbó Antonello.

-¡Niños! -gritó Fiorello Bodoni, tapándose los oídos.

Los niños lo miraron. Bodoni nunca gritaba.

-Escuchen todos -dijo el hombre, incorporándose-. He ahorrado algún dinero. Uno de nosotros puede ir a Marte.

Los niños se pusieron a gritar.

-¿Me entienden? -preguntó Bodoni-. Sólo uno de nosotros. ¿Quién?

-¡Yo, yo, yo! -gritaron los niños.

-Tú -dijo María.

-Tú -dijo Bodoni.

Todos callaron. Los niños pensaron un poco.

-Que vaya Lorenzo... es el mayor.

-Que vaya Mirianne... es una chica.

-Piensa en todo lo que vas a ver -le dijo María a Bodoni, con una voz ronca. Tenía una mirada rara-. Los meteoros, como peces. El universo. La Luna. Debe ir alguien que luego pueda contarnos todo eso. Tú hablas muy bien.

-Tonterías. No mejor que tú -objetó Bodoni.

Todos temblaban.

-Bueno -dijo Bodoni tristemente, y arrancó de una escoba varias pajitas de distinta longitud-. La más corta gana. -Abrió su puño-. Elijan.

Solemnemente todos fueron sacando su pajita.

-Larga.

-Larga.

Otro.

-Larga.

Los niños habían terminado. La habitación estaba en silencio.

Quedaban dos pajitas. Bodoni sintió que le dolía el corazón.

-Vamos -murmuró-. María.

María tiró de la pajita.

-Corta -dijo.

-Ah -suspiró Lorenzo, mitad contento, mitad triste-. Mamá va a Marte.

Bodoni trató de sonreír.

-Te felicito. Mañana compraré tu pasaje.

-Espera, Fiorello...

-Puedes salir la semana próxima... -murmuró Bodoni.

María miró los ojos tristes de los niños, y las sonrisas bajo las largas y rectas narices. Lentamente le devolvió la pajita a su marido.

-No puedo ir a Marte.

-¿Por qué no?

-Pronto llegará otro bebé.

-¿Cómo?

María no miraba a Bodoni.

-No me conviene viajar en este estado.

Bodoni la tomó por el codo.

-¿Es cierto eso?

-Elijan otra vez.

-¿Por qué no me lo dijiste antes? -dijo Bodoni incrédulo.

-No me acordé.

-María, María -murmuró Bodoni acariciándole la cara. Se volvió hacia los niños-. Empecemos de nuevo.

Paolo sacó en seguida la pajita corta.

-¡Voy a Marte! -gritó dando saltos-. ¡Gracias, papá!

Los chicos dieron un paso atrás.

-Magnífico, Paolo.

Paolo dejó de sonreír y examinó a sus padres, hermanos y hermanas.

-Puedo ir, ¿no es cierto? -preguntó con un tono inseguro.

-Sí.

-¿Y me querrán cuando regrese?

-Naturalmente.

Paolo alzó una mano temblorosa. Estudió la preciosa pajita y la dejó caer, sacudiendo la cabeza.

-Me había olvidado. Empiezan las clases. No puedo ir. Elijan otra vez.

Pero nadie quería elegir. Una gran tristeza pesaba sobre ellos.

-Nadie irá -dijo Lorenzo.

-Será lo mejor -dijo María.

-Bramante tenía razón -dijo Bodoni

Fiorello Bodoni se puso a trabajar en el depósito de chatarra, cortando el metal, fundiéndolo, vaciándolo en lingotes útiles. Aún tenía el desayuno en el estómago, como una piedra. Las herramientas se le rompían. La competencia lo estaba arrastrando a la desgraciada orilla de la pobreza desde hacía veinte años. Aquélla era una mañana muy mala.

A la tarde un hombre entró en el depósito y llamó a Bodoni, que estaba inclinado sobre sus destrozadas maquinarias.

-Eh, Bodoni, tengo metal para ti.

-¿De qué se trata, señor Mathews? -preguntó Bodoni distraídamente.

-Un cohete. ¿Qué te pasa? ¿No lo quieres?

-¡Sí, sí!

Bodoni tomó el brazo del hombre, y se detuvo, confuso.

-Claro que es sólo un modelo -dijo Mathews-. Ya sabes. Cuando proyectan un cohete construyen primero un modelo de aluminio. Puedes ganar algo fundiéndolo. Te lo dejaré por dos mil...

Bodoni dejó caer la mano.

-No tengo dinero.

-Le siento. Pensé que te ayudaba. La última vez me dijiste que todos los otros se llevaban la chatarra mejor. Creí favorecerte. Bueno...

-Necesito un nuevo equipo. Para eso ahorré.

-Comprendo.

-Si compro el cohete, no podré fundirlo. Mi horno de aluminio se rompió la semana pasada.

-Sí, ya sé.

Bodoni parpadeó y cerró los ojos. Luego los abrió y miró al señor Mathews.

-Pero soy un tonto. Sacaré el dinero del banco y compraré el cohete.

-Pero si no puedes fundirlo ahora...

-Lo compro.

-Bueno, si tú lo dices... ¿Esta noche?

-Esta noche estaría muy bien -dijo Bodoni-. Sí, me gustaría tener el cohete esta noche.

Era una noche de luna. El cohete se alzaba blanco y enorme en medio del depósito, y reflejaba la blancura de la luna y la luz de las estrellas. Bodoni lo miraba con amor. Sentía deseos de acariciarlo y abrazarlo, y apretar la cara contra el metal contándole sus anhelos.

Miró fijamente el cohete.

-Eres todo mío -dijo-. Aunque nunca te muevas ni escupas llamaradas, y te quedes ahí cincuenta años, enmoheciéndote, eres mío.

El cohete olía a tiempo y distancia. Caminar por dentro del cohete era caminar por el interior de un reloj. Estaba construido con una precisión suiza. Uno tenía ganas de guardárselo en el bolsillo del chaleco.

-Hasta podría dormir aquí esta noche -murmuró Bodoni, excitado.

Se sentó en el asiento del piloto.

Movió una palanca.

Bodoni zumbó con los labios apretados, cerrando los ojos.

El zumbido se hizo más intenso, más intenso, más alto, más salvaje, más extraño, más excitante, estremeciendo a Bodoni de pies a cabeza, inclinándolo hacia adelante, y empujándolo junto con el cohete a través de un rugiente silencio, en una especie de grito metálico, mientras las manos le volaban entre los controles, y los ojos cerrados le latían, y el sonido crecía y crecía hasta ser un fuego, un impulso, una fuerza que trataba de dividirlo en dos. Bodoni jadeaba. Zumbaba y zumbaba, sin detenerse, porque no podía detenerse; sólo podía seguir y seguir, con los ojos cerrados, con el corazón furioso.

-¡Despegamos! -gritó Bodoni. ¡La enorme sacudida! ¡El trueno!-. ¡La Luna! -exclamó con los ojos cerrados, muy cerrados-. ¡Los meteoros! -La silenciosa precipitación en una luz volcánica-. Marte. ¡Oh, Dios! ¡Marte! ¡Marte!

Bodoni se reclinó en el asiento, jadeante y exhausto. Las manos temblorosas abandonaron los controles y la cabeza le cayó hacia atrás, con violencia. Durante mucho tiempo Bodoni se quedó así, sin moverse, respirando con dificultad.

Lenta, muy lentamente, abrió los ojos.

El depósito de chatarra estaba todavía allí.

Bodoni no se movió. Durante un minuto clavó los ojos en las pilas de metal. Luego, incorporándose, pateó las palancas.

-¡Despega, maldito!

La nave guardó silencio.

-¡Ya te enseñaré! -gritó Bodoni.

Afuera, en el aire de la noche, tambaleándose, Bodoni puso en marcha el potente motor de su terrible máquina demoledora y avanzó hacia el cohete. Los pesados martillos se alzaron hacia el cielo iluminado por la luna. Las manos temblorosas de Bodoni se prepararon para romper, destruir ese sueño insolentemente falso, esa cosa estúpida que le había llevado todo su dinero, que no se movería, que no quería obedecerle.

-¡Ya te enseñaré! -gritó.

Pero sus manos no se movieron.

El cohete de plata se alzaba a la luz de la luna. Y más allá del cohete, a un centenar de metros, las luces amarillas de la casa brillaban afectuosamente. Bodoni escuchó la radio familiar, donde sonaba una música distante. Durante media hora examinó el cohete y las luces de la casa, y los ojos se le achicaron y se le abrieron. Al fin bajó de la máquina y echó a caminar, riéndose, hacía la casa, y cuando llegó a la puerta trasera tomó aliento y gritó:

-¡María, María, prepara las valijas! ¡Nos vamos a Marte!

-¡Oh!

-¡Ah!

-¡No puedo creerlo!

Los niños se apoyaban ya en un pie ya en otro. Estaban en el patio atravesado por el viento, bajo el cohete brillante, sin atreverse a tocarlo. Se echaron a llorar.

María miró a su marido.

-¿Qué has hecho? -le dijo-. ¿Has gastado en esto nuestro dinero? No volará nunca.

-Volará -dijo Bodoni, mirando el cohete.

-Estas naves cuestan millones. ¿Tienes tú millones?

-Volará -repitió Bodoni firmemente-. Vamos, ahora vuelvan a casa, todos. Tengo que llamar por teléfono, hacer algunos trabajos. ¡Salimos mañana! No se lo digan a nadie, ¿eh? Es un secreto.

Los chicos, aturdidos, se alejaron del cohete. Bodoni vio los rostros menudos y febriles en las ventanas de la casa.

María no se había movido.

-Nos has arruinado -dijo-. Nuestro dinero gastado en... en esta cosa. Cuando necesitabas tanto esa maquinaria.

-Ya verás -dijo Bodoni.

María se alejó en silencio.

-Que Dios me ayude -murmuró su marido, y se puso a trabajar.

Hacia la medianoche llegaron unos camiones, dejaron su carga, y Bodoni, sonriendo, agotó su dinero. Asaltó la nave con sopletes y trozos de metal; añadió, sacó, y volcó sobre el casco artificios de fuego y secretos insultos. En el interior del cohete, en el vacío cuarto de las máquinas, metió nueve viejos motores de automóvil. Luego cerró herméticamente el cuarto, para que nadie viese su trabajo.

Al alba entró en la cocina.

-María -dijo-, ya puedo desayunar.

La mujer no le respondió.

A la caída de la tarde Bodoni llamó a los niños.

-¡Estamos listos! ¡Vamos!

La casa estaba en silencio.

-Los he encerrado en el desván -dijo María.

-¿Qué quieres decir? -le preguntó Bodoni.

-Te matarás en ese cohete -dijo la mujer-. ¿Qué clase de cohete puedes comprar con dos mil dólares? ¡Uno que no sirve!

-Escúchame, María.

-Estallará en pedazos. Además, no eres piloto.

-No importa, sé manejar este cohete. Lo he preparado muy bien.

-Te has vuelto loco -dijo María.

-¿Dónde está la llave del desván?

-La tengo aquí.

Bodoni extendió la mano.

-Dámela.

María se la dio.

-Los matarás.

-No, no.

-Sí, los matarás. Lo sé.

-¿No vienes conmigo?

-Me quedaré aquí.

-Ya entenderás, vas a ver -dijo Bodoni, y se alejó sonriendo. Abrió la puerta del desván-. Vamos, chicos. Sigan a su padre.

-¡Adiós, adiós, mamá!

María se quedó mirándolos desde la ventana de la cocina, erguida y silenciosa. Ante la puerta del cohete, Bodoni dijo:

-Niños, vamos a faltar una semana. Ustedes tienen que volver al colegio, y yo a mi trabajo -tomó las manos de todos los chicos, una a una-. Escuchen. Este cohete es muy viejo y no volverá a volar. Ustedes no podrán repetir el viaje. Abran bien los ojos.

-Sí, papá.

-Escuchen con atención. Huelan los olores del cohete. Sientan. Recuerden. Así, al volver, podrán hablar de esto durante todas sus vidas.

-Sí, papá.

La nave estaba en silencio, como un reloj parado. La cámara de aire se cerró susurrando detrás de Bodoni y sus hijos. Bodoni los envolvió a todos, como a menudas momias, en las hamacas de caucho.

-¿Listos? -les preguntó.

-¡Listos! -respondieron los niños.

-¡Allá vamos!

Bodoni movió diez llaves. El cohete tronó y dio un salto. Los niños chillaron y bailaron en sus hamacas.

-¡Ahí viene la Luna!

La Luna pasó como un sueño. Los meteoros se deshicieron como fuegos de artificio. El tiempo se deslizó como una serpentina de gas. Los niños gritaban. Horas más tarde, liberados de sus hamacas, espiaron por las ventanillas.

-¡Allí está la Tierra! ¡Allá está Marte!

El cohete lanzaba rosados pétalos de fuego. Las agujas horarias daban vueltas. A los niños se les cerraban los ojos. Al fin se durmieron, como mariposas borrachas en los capullos de sus hamacas de goma.

-Bueno -murmuró Bodoni, solo.

Salió de puntillas del cuarto de comando, y se detuvo largo rato, lleno de temor, ante la puerta de la cámara de aire.

Apretó un botón. La puerta se abrió de par en par. Bodoni dio un paso hacia adelante. ¿Hacia el vacío? ¿Hacia los mares de tinta donde flotaban los meteoros y los gases ardientes? ¿Hacia los años y kilómetros veloces, y las dimensiones infinitas?

No. Bodoni sonrió.

Alrededor del tembloroso cohete se extendía el depósito de chatarra.

Oxidada, idéntica, allí estaba la puerta del patio con su cadena y su candado. Allí estaban la casita junto al agua, la iluminada ventana de la cocina, y el río que fluía hacia el mismo mar. Y en el centro del patio, elaborando un mágico sueño se alzaba el ronroneante y tembloroso cohete. Se sacudía, rugía, agitando a los niños, prisioneros en sus nidos como moscas en una tela de araña.

María lo miraba desde la ventana de la cocina.

Bodoni la saludó con un ademán, y sonrió.

No pudo ver si ella lo saludaba. Un leve saludo, quizá. Una débil sonrisa.

Salía el sol.

Bodoni entró rápidamente en el cohete. Silencio. Todos dormidos. Bodoni respiró aliviado. Se ató a una hamaca y cerró los ojos. Se rezó a sí mismo. "Oh, no permitas que nada destruya esta ilusión durante los próximos seis días. Haz que el espacio vaya y venga, y que el rojo Marte se alce sobre el cohete, y también las lunas de Marte, e impide que fallen las películas de colores. Haz que aparezcan las tres dimensiones, haz que nada se estropee en las pantallas y los espejos ocultos que fabrican el sueño. Haz que el tiempo pase sin un error."

Bodoni despertó.

El rojo Marte flotaba cerca del cohete.

-¡Papá!

Los niños trataban de salir de las hamacas.

Bodoni miró y vio el rojo Marte. Estaba bien, no había ninguna falla. Bodoni se sintió feliz.

En el crepúsculo del séptimo día el cohete dejó de temblar.

-Estamos en casa -dijo Bodoni.

Salieron del cohete y cruzaron el patio. La sangre les cantaba en las venas. Les brillaban las caras.

-He preparado jamón y huevos para todos -dijo María desde la puerta de la cocina.

-¡Mamá, mamá, tendrías que haber venido, a ver, a ver Marte, y los meteoros, y todo!

-Sí -dijo María.

A la hora de acostarse, los niños se reunieron alrededor de Bodoni.

-Queremos darte las gracias, papá.

-No es nada.

-Siempre lo recordaremos, papá. No lo olvidaremos nunca.

Muy tarde, en medio de la noche, Bodoni abrió los ojos. Sintió que su mujer, sentada a su lado, lo estaba mirando. Durante un largo rato María no se movió, y al fin, de pronto, lo besó en las mejillas y en la frente.

-¿Qué es esto? -gritó Bodoni.

-Eres el mejor padre del mundo -murmuró María.

-¿Por qué?

-Ahora veo -dijo la mujer-. Ahora comprendo. -Acostada de espaldas, con los ojos cerrados, tomó la mano de Bodoni-. ¿Fue un viaje muy hermoso?

-Sí.

-Quizás -dijo María-, quizás alguna noche puedas llevarme a hacer un viaje, un viaje corto, ¿no es cierto?

-Un viaje corto, quizá.

-Gracias -dijo María-. Buenas noches.

-Buenas noches -dijo Fiorello Bodoni.

jueves, julio 15, 2010

Biografía






BIOGRAFÍA




Lo mejor del recuerdo es el olvido...
Málaga naufragaba y emergía...
Manuel, junto a la mar, desentendido;
yo era un niño jugando a la alegría.
Ahora juego a todo lo que obliga
la impuesta profesión de ser humano,
y a veces, al final de la fatiga,
enseño a andar palabras de la mano.
Ser hombre es ir andando hacia el olvido
haciéndose una patria en la esperanza;
cuerpo a cuerpo con Dios se está vendido
y a gritos no se alcanza.
( Dentro de poco se dirá que fuiste,
que alguien llamado así, vivió y amaba...)
Ser hombre es una larga historia triste
y un buen día se acaba.
Desde mis veinticinco historias vengo.
Nada me importó nada.
Pero cualquier capítulo lo tengo
miniado en letra triste y colorada.
Un hombre hecho y deshecho
os habla. Soy distinto cada año.
Tengo un desconocido por el pecho.
Sí. Miradme a los versos. No os engaño.
Tengo el sombrío bosque de la frente
esperando que llueva;
mientras, el alma suena bajo el puente,
y cuando el alma suena es que a Dios lleva.
Vuelvo a andar el camino desandado
y en mi paso resuenan las cadenas.
Recuerda el corazón acostumbrado...,
¡qué buen fisonomista de las penas!
Unas pocas palabras me mantienen:
duda, esperanza, amor... Siempre me pierdo...
Amor, duda, esperanza... Siempre vienen...
La ilusión, si la he visto, no me acuerdo.
Lo mejor del recuerdo es el olvido...
Málaga naufragaba y emergía...
Manuel, junto a la mar, desentendido;
hubo una vez un niño en la bahía.
Y hay un hombre de pie sobre mis huellas
indefenso y sonoro, a ras del suelo,
que se irá mientras hacen las estrellas
propaganda de Dios allá en el cielo.




Manuel Alcántara

jueves, marzo 11, 2010