“El coronel no tiene quien le escriba” revivió mi insanidad. Tomé lápiz, papel y le escribí:
“Es fiel a sus convicciones al no cambiar, por nada, un segundo de su memoria.
En la carencia absoluta, lo único que no se pierde es el pasado, los momentos de felicidad que no se repiten”.
Doblé el papel despacito, y mientras miraba y moría en el vacío nacía un barco entre mis manos. Lo dejé sobre la mesa y salí a caminar. Cuando regresé, el barco continuaba,
detenido, en el mismo lugar. Lo tomé, lo desdoblé y volvió a su esencia; no tenía timón, volvió a ser papel. Entonces escribí:
“Coronel, créame, soy un personaje, como usted. Me infiltré en su vida. Nos han escrito al revés: cuando todo debiera ser tranquilo y placentero nos sentimos desgraciados y enfermos; como el asma, que suele presentarse en noches frías y húmedas pero también en los veranos, mientras compartimos la espera de una carta que nunca llega”.
Me levanté, rasgué el papel en muchas partes que convertí en una gran lluvia de pájaros, palomas mensajeras, impares pares de alas cansadas vomitando un destino
sin dirección.
Apreté mis dientes y tragué saliva antes de hablarle al Coronel y enfrentar la intemperie.
“Présteme su paraguas, amigo; ayúdeme con esta lluvia desatinada”