
Este es uno de esos momentos en que mi alma, mi espíritu - o como se llame esa cosa que no se como llamar-, se olvida del encierro de un cuerpo físico, de las barreras que me impongo aunque no quiera y sale, inconteniblemente se me sale, o mejor: me salgo.
Me salgo de la sal. Es algo. Sal (me digo).
Salgo de la sal porque estoy llorando. Más que algo. Entonces siento la certeza de una cierta tristeza...todas las lágrimas saben igual, las lágrimas de todas las mujeres, de todos los hombres, de todos los niños, de todos los ancianos; las lágrimas de los ricos y de los pobres, de los felices y de los infelices, las lágrimas de los sanos y las lágrimas de los enfermos. Todas saben igual.
¿Por qué saben igual?
Igual saben porqué.
Y no me importa si en esta situación se escribe “por qué” o “porqué”; sinceramente no me importa.
Momento como el que describo, momento en el cual me describo y me escribo, así, tal cual, mientras cada una de mis lágrimas me marca el sendero que debo recorrer para llegar junto a vosotros. Destino de los iguales.
Lo mismo ocurre con la risa.
En ambos casos hay que desenjaularse.
Por favor, decidme si me equivoco.